miércoles, septiembre 30, 2009

Rascacielos o el gran Leviatán


 Rascacielos, Proyecto Literal, México DF, 2008

Por Diego Alfaro Palma

Hace unos días, sentados todos, amigos y conocidos, en el café Converso, intercambiábamos palabras acerca del beneficio o maleficio de la crítica. Hablábamos, estrellándose unas frases contra otras, sobre un libro en específico: Falso Testimonio de Juan Espinoza Alé (Beuvedrais Editores, 2005). Para mí, ciertamente, el caso era a todas luces preocupante, es decir, la inexistencia de reseñas y el ninguneo al autor de una obra considerable; los demás se encargaron de responderme. “Mejor en estos tiempos no recibir señas de aterrizaje”, creo que me dijeron; en otras palabras, mejor no hacer alarde, no esperar un solo comentario en la prensa o en los sitios de moda, mejor desaparecer sin dejar rastro, aquello es ya un salto a lo incomprensible, a lo innombrable: la obra como un acto de completa y compleja gratuidad. ¿Cuántas obras escritas en nuestro país desaparecen en el turbulento mar de la crítica, por la misma incapacidad de la crítica, por la cerrazón de la crítica? Nos faltan dedos y nos seguirán faltando. Ahora bien, acomodémonos en el asiento de al frente: ¿cuál es la sensación que nos deja un libro comentado a destajo, más allá de las intenciones mismas del autor o la editorial?
Me es difícil hablar de Rascacielos de Enrique Winter, no por la abundancia de servilletas garabateadas que han cubierto su portada negra y verde limón, sino por las exigencias –a tamaño natural- que como lector, silenciosamente, uno traza en la imaginación al desplegar la primera página. Sin embargo, si retomamos la palabra “abundancia” -tan bíblica en sus profundidades-, desnudaremos una de las grandes falencias de nuestra literatura contemporánea y que parece pertinente atacar: el exceso de revisión desapasionada, de falta completa de ahondamiento crítico (y autocrítico). Éste es el móvil que ha levantado tanto monstruo, que ha apoltronado tanto muñeco de barro en las butacas de la poesía. Dios o lo que fuere, nos libre de una vez de ese mal europeo, mejor es enviar, como en los viejos tiempos, a los poetas a la Legión Extranjera, entrenarlos en la lectura del desierto, ponerlos a trotar en medio de tormentas de arena, para que aquel “poeta joven” encuentre la vía para escapar a esa triste edad y estar, de esta manera, preparado para las batallas que demandan los tiempos.
La obra de Winter corre un peligro común a las publicaciones de nuestra generación, el riesgo de ser meramente revisada por los artificios de la facilidad, dígase por temáticas tan posmodernas y academicistas como la relación “escritura-cuerpo”, la manoseada “marginalidad” o la siempre funcional evasión política-partidista. No se puede negar que todas éstas interactúan en la escritura de Rascacielos, pero (anótese en el pizarrón), siempre, para todo autor, éstas serán más un medio que un fin en sí mismas. Si no, todo lo demás me parece una tomadura de pelo, “dulces de piñata”. Winter aquí habla de personas, vistas a la pasada, ficcionadas o conocidas en su cotidianidad. Y si hablamos de personas no podemos dejar de lado el carácter ético-estético que contiene la obra. Me parece que aquí se abre una buena brecha, un intersticio interesante para vagar por estos versos.
Ya antes del relato de Sansón, sabemos que toda fortaleza se vuelve debilidad. La fortaleza de Winter es la de ser un entrenado fotógrafo, de acertar al momento de captar una imagen, hecho que nos viene acostumbrando desde Atar las naves. El poeta de paso conoce el arte de retratar una escena, y no cualquiera, si entendemos el libro como una gran exposición de la realidad latinoamericana. No entran aquí las palabras “desarrollo” o “progreso”, sino los residuos que dejan los discursos izados desde ellas. Y la debilidad a su vez asoma desde este rincón. Se sabe a todo nivel que “el que mucho abarca poco aprieta” y esto es claro y distinto al lanzar dos o tres leídas. Muchos de los poemas sobran y este exceso no logra componer una imagen o calibrar un móvil que genere el o los sentidos a los que apunta la obra. Finalmente Rascacielos puede desbordarse por su propio título: un gran conjunto de ventanas dentro de las cuales cada uno hace lo suyo. ¿Se logra una verdadera interconexión? ¿Sirven del todo los ascensores? Casi, de vez en cuando sobresalen algunos desperfectos. Si Rascacielos hubiera sido planificado con ojo de arquitecto, de seguro estaríamos hablando de uno de los mejores libros de estos últimos diez años, y con esto no digo que los poemas sean de mala calidad, al contrario, sino que la selección de estos debió ser más inquisidora. Sin embargo, como se sabrá al echar un vistazo al libro, este exceso es premeditado. Un poema como “El cielo es más pequeño que los rascacielos” –que es un pastiche o reelaboración de versos del poemario- parece insinuárnoslo:
Él se vacía como su closet, se guarda en cajas como su ropa, carga el camión y es él lo cargado. Indistinguibles las casas de las calles de los autos, su anemia de su quiste de su sífilis. Los pobres tienen muchos hijos debajo de los focos de la calle o las estrellas, si le basta la luz azul de la tele que prende al esperar a mi padre. Y al padre ausente sólo se le imagina. Deseo y otro hijo más. Aversión y de nuevo en cama. Yo no soy mala leche. Si me ensucio, ahí no es donde me limpio: me interesa la limpieza del paño. Mi papá y yo seguimos solos, está el marco y falta la foto, la ventana abierta sin la dueña de casa. Y ese plato limpio nada dice de los comensales ni de lo cenado.
Cada vez que releo los pasajes en prosa de este poema, siento que el “portazo” que desea pegar el libro está aquí concentrado. En este instante se da aquello que Lihn había resaltado del Neruda de las Residencias: "La palabra poética desarticula ese mecanismo lingüístico obligándola a funcionar en esa región más profunda, desfuncionalizándola allí en beneficio de la lucha contra la represión a través del delirio”. En “El cielo es más pequeño que los rascacielos”, como también en “Polaca”, “Garrapatas” o “Las plumas de los pájaros”, la palabra fluye y refluye, avanza y tropieza y, siguiendo con Lihn, se “opone a las indeterminaciones de la generalidad, la resistencia de las máximas concreciones”. Lo que quiero decir con esto es que el Winter más potente es el que sobrepasa la familiaridad de los términos, es el que brinca sobre el contexto inmediato o el deseo de explicar, de ser didáctico. Cuando Winter juega con ese delirio nerudiano de las residencias, actualizándolo, moldeándolo desde su propia voz, cualquier buen lector goza con versos como:

Se casan a escondidas para que nunca le besen la boca
[Polaca]
Las ciudades/ se van a caer, piensas, se nos caen. Como marañas de los gatos/ las carreteras atan sus tejidos, son mallas/ que nos envuelven y se caen las castañas, los higos.
[Cañón de Bryce]
Miguel dice que todas las escalas. Exagera los tonos/ como si el blanco fuera la suma de los colores./ Hay un museo en su interior. Yo quiero/ subir una escalera que recorra/ los espacios vacíos de su cuerpo,/ como el pintor de brocha gorda que cubre el claro de los muros.
[Cañón de Bryce]
Mi padre nunca fue dueño de nada/ y el agua que ponía en la maleta/ la sacaba de un lago/ que no aparece ya en el mapa
[La jornada (no hay primera sin segunda)]
Y claramente desde estas instancias, más que en otras que se desperdigan sobre el libro, podemos rastrear ese relato entre sujeto y ciudad, ciudad y erotismo, erotismo y música, música y trabajo, trabajo y sujetos doblegados, es decir, observar el plano concreto de estas confrontaciones: Latinoamérica. El hablante, personaje o quien quiera que devenga en estos juegos se muestra en su completa enajenación: de su territorio, de su idioma, de su barrio, de su familia, del amor, etc. Y el narrador fotógrafo de Rascacielos logra captar mucho mejor estas alienaciones en el plano del delirio y la yuxtaposición que componen sus retratos, que en el desnudamiento del sujeto en su pura cotidianidad, en un lenguaje que roza con lo tautológico y que, por contraparte, muchas veces peca de excesiva adjetivación. En esos momentos que aplaudimos es cuando esplende la verdadera situación, la precariedad con todas sus letras, la alienación, la terrible alienación, como la caracterizaba el viejo Fromm basándose en el viejo Marx:
"[La persona alienada] No se siente a sí mismo como centro de su mundo, como creador de sus propios actos, sino que sus actos y las consecuencias de ellos se han convertido en amos suyos, a los cuales obedece y a los cuales quizás hasta adora. La persona enajenada no tiene contacto consigo misma, lo mismo que no lo tiene con ninguna otra persona. Él, como todos los demás, se siente como se sienten las cosas, con los sentidos y con el sentido común, pero al mismo tiempo sin relacionarse productivamente consigo mismo y con el mundo exterior”.
Y aquí creo que resuena la intención profunda de Rascacielos, la de entrar en “lo real como en tu propia casa”, en cada departamento donde los personajes están escindidos los unos de los otros, donde no hay vuelta atrás y el hablante necesita seguir avanzando, casi sin sentido aparente, pero avanzar, dar cuenta de pequeños retazos de esa incomprensión vital. Seres infelices con su oficio, con sus vecinos de población, con sus padres, con el desarrollo de sus acciones, mientras un visitante los observa y trastabilla con el lenguaje. En todo esto, descubrirá quien lea, que aquí hay una búsqueda de identificación, no sólo un ejercicio voyerista, sino una compenetración del drama social en la palabra. Y son en esos momentos, en que se habla por aquellos que han perdido en la vida todo decir, cuando resuena aquel verso de Larkin: “los suburbios, los años, han terminado por quemarte”.


En Cuarto de Revelado, n°4, Agosto de 2009
www.cuartoderevelado.cl

Número y Fin

Número y fin
Por Diego Alfaro Palma



 


Reseña a Obra Completa de Gustavo Osorio, Beuvedrais Editores, 2009.
Edición a cargo de Javier Abarca y Juan Manuel Silva.

De un tiempo a esta parte las casas editoriales nos han estado acostumbrando a las apariciones. Sorpresivamente a un lado y otro de los estantes, las bibliotecas y librerías del país se han poblado de fantasmas. Winnét de Rokha, Alfonso Echeverría, Braulio Arenas y Gustavo Ossorio son el “vivo espejo presente” de lo que ocurre en la gran casona de la literatura chilena. Debería alegrarnos el hecho de que estos espectros serán bien recibidos, mucho mejor que un puñado de vivos, para los cuales el olvido ya está a la vuelta de la esquina. “La permanencia de lo ausente”, como diría el estimado Ossorio, ocupa su espacio y toma cuerpo y, especialmente, el peso específico que debiera poseer toda merecida resurrección.
El noble Horacio, sobreviviente de las vicisitudes del joven príncipe Hamlet, a la aparición del fantasma del padre de éste, consternado se atrevió a confesar: “No sé qué pensar, pero creo que esto presagia algún extraño trastorno en nuestra nación”. El trabajo de Javier Abarca, Juan Manuel Silva y la editorial Beuvedráis, hacen bien en preparar ese “trastorno”. Es posible que al mismo Borges la idea de una regresión editorial le quedara grande. No se trata ya de hacer la tarea generacional de publicar a los clásicos de ayer y hoy, sino, en nuestra situación, de posicionar obras –-para nada despreciables- en nuestro panorama literario, tan sofocado –-posiblemente- por el calentamiento global y el bicentenario de la élite.
El mayor miedo que nos puede producir la obra de Ossorio, es el que esta caiga torpemente en la mitificación de una vida. Se sabe, no sólo por los poetas jóvenes, de este tipo de delitos. Lo cierto es que, entrando en materia, la extrañeza que genera su obra no puede ser mediada. Si bien es cierto, Ossorio sólo publicó dos libros en vida, éstos no pudieron ser ni más ni menos que prologados por dos figuras que se yerguen con cierto parentesco: Humberto Díaz-Casanueva y Rosamel del Valle. En sí podríamos tomar la obra de ambos para categorizar a nuestro poeta, también a los demás “metaforones del ‘38”, como los llamó Lihn, aquella generación tremenda, que también cuenta con otros inolvidables fantasmas: Jaime Rayo y Omar Cáceres. Y sería un grave error no leer a este autor sin la óptica y el rugido de Pablo de Rokha.
“Sus ojos que no veían las cosas absolutamente claras y que trataban de hallar una imagen de la existencia menos teñida de fatalidad y de tiniebla”, escribe Díaz-Casanueva el mes de marzo de 1949 que se llevó al poeta, producto de una tuberculosis. “El desorden conmovedor” de la obra de Ossorio parece estar calculado en esas palabras, nada azarosas. Me atrevería a decir que su poesía deambula como un fantasma, pues gran parte de Presencia y Memoria (1941) y El sentido sombrío (1948) se vale de un verso que muestra constantemente acciones en proceso de concretarse y, por otra parte, de evanecerse. Desde aquí podríamos hablar de una poética de lo inconcluso, en donde la realidad de las cosas esplende más por su “poder ser”: “La despedida del que nunca partió/ Y nuevamente la sombra/ Sufriendo la ausencia de su litoral”. Una poesía “entre una gota y otra gota”, “ante el aire inconcluso”, con un hablante que se deshace por los elementos que lo rodean y que parecieran poseer mayor materialidad que él mismo: “No sé qué se puede desear/ cuando a través de las paredes nace una soledad”.
El lector, más allá de esta breve reseña encontrará en esta Obra completa ya un testamento que adelanta una muerte dolorosa, ya una poesía que pareciera haber sido escrita por un niño. La pureza de Ossorio, su constante asombro por la realidad es, sin duda, una fortaleza de la que aún queda por hablar y situar en su justo puesto. Se agradece a los editores la investigación y el material inédito (poemas y acuarelas) reunido para recomponer cada uno de los acápites de un hombre y su obra, esta “música de horizontes que parten”.
“El creador capaz de expresar la batalla del ser”, es más de lo que muchos pueden proponer hoy.

Revista Grifo n°16, Septiembre 2009.


martes, julio 21, 2009

Los ancianos por Árni Ibsen

Trad. de Diego Alfaro Palma
en






Los ancianos
son como flores cortadas
reposando en asilos

los visitamos
de vez en cuando
como si así cambiáramos su agua

usamos sus casas
para celebraciones
ocasiones especiales

y los instalamos
en el mejor
cuarto

esperando
su último respiro
un poco

pero más allá de esto
mucho más allá de todo esto
nuestro merito está

en que nada en efecto
puede molestarnos
más

que cuando comienzan
a marchitarse
desprendiendo sus pétalos

sobre la cómoda
mucho antes
de lo esperado

----






Old people

Old people
are like cut flowers
kept in homes

we visit them
once in a while
as if to change their water

take them home with us
for celebrations
special occasions

and arrange them
in the best
room

hoping
they will last
a bit

but more than this
far more than this
it is to our credit

that nothing in fact
ever displeases us
more

than when they start
drooping
shedding their petals

on the tablecloth
long before
it’s time


----


Gamalt fólk


Gamalt fólk
er eins og afskorin blóm
og geymt á hælum

við vitjum þess
annað veifið
eins og að skipta um vatn

við flytjum það heim
á hátíðum
tyllidögum

stillum því upp
í stáss-
stofunni

vonum
að það endist
eitthvað...

en umfram þetta
langt umfram þetta
telst okkur til tekna

að sjaldan
verðum við í raun
óánægðari

en þegar það tekur
að hneigja krónuna
fella blöðin

á dúkað borðið
löngu áður
en tímabært er





De Vort skarda lif (1990), en A Different Silence, Harwood Academic Punlishers, 2000.Traducción al inglés de Árni Ibsen y Petur Kmitsson.

jueves, julio 09, 2009

Runas del más allá: Presentación de Árni Ibsen

[Artículo publicado en Cuarto de Revelado, n°3, 2009]
Por Diego Alfaro Palma



“Eg a min vonarskjöld
Rúnir thaer, sem radast hinumegin”

“En el escudo de mi esperanza

Grabo las runas que serán oídas en el más allá”

Hjálmar Jónsson

I

Es poco lo que sabemos de Islandia. A lo más hemos leído en las noticias que hoy es el único país que se ha declarado en quiebra como resultado de la crisis financiera mundial, mientras las demás naciones únicamente han acusado su “recesión”. Esta isla, ubicada entre Groelandia y Europa, está con sus arcas vacías. Sin embargo, si encendemos la radio podemos sintonizar alguna canción de agrupaciones, a estas alturas conocidas, como Bjork, Sigur Ros, Johan Johannson o Mugison, todas provenientes de ese paisaje helado, donde alguna vez encallaron las naves vikingas para establecerse.

El 20 de diciembre de 2006 decidí enviarle un mail a Árni Ibsen (1948-). Nunca sospeché los resultados de esta ocurrencia, muy desfachatada por lo demás, porque siendo sinceros, nadie dedica parte de su tiempo libre a escribirle a un poeta islandés un día antes del comienzo del verano. Era una carta más bien enviada sin ninguna esperanza de respuesta, una botella lanzada al mar y punto. En resumidas cuentas, lo tratada de “Mister Ibsen” y le pedía –luego de haber leído algunos poemas suyos en inglés en la web y sus traducciones al islandés de William Carlos Williams- que me enviara una selección de sus poemas, si es que su voluntad y paciencia se lo permitiera, porque sentía que en su obra abundaba una frescura especial, un tono que la poesía de nuestro país había perdido.
El 19 de julio de 2007 recibí la respuesta. Quién escribía no era precisamente el señor Ibsen, sino su esposa Hildur, quien no pudiendo evitar la sinceridad de mis palabras, decidió responder por su marido. En sus primeras líneas me contaba que llevaban casados desde 1971, cuando él tenía 23 y ella sólo 20 años de edad. Estaba segura de que Árni hubiera respondido mi carta, pero lamentablemente él se encontraba muy enfermo e imposibilitado de utilizar el computador. El 2 de noviembre de 2004 Ibsen sufrió un ataque cardiaco que lo dejó completamente paralizado; sus sentidos se encontraban tan atrofiados que ni siquiera podía ver televisión, por lo que sólo podía escuchar música de la radio. A pesar de esto su cerebro se encontraba en buenas condiciones, lo que lo llevó, junto a la ayuda de su esposa y su hijo, a dictarles un grupo de poemas que publicaría en el mediano plazo. Hildur se despedía de mi carta deseándome lo mejor en mi vida. Sinceramente, quedé destrozado.
Lo cierto es que estuve más de un mes cavilando y releyendo esta respuesta. Un poeta islandés se moría lentamente en una cama y yo era el único ser humano en mi lengua que lo había leído. Decidí poner manos a la obra. Registré cuanta página recogiera sus versos traducidos al inglés; aprendí un poco de islandés, lo mínimo, algo que facilitara entender esas mismas traducciones; leí y recogí; leí mucho sobre Islandia y tuve por varios momentos la idea de dejarlo todo y partir hacia allá, sin dinero obviamente, al menos en la imaginación. Pero por nada del mundo respondí la carta de Hildur, me significaba un peso emocional insoportable, aunque logré, luego de un tiempo un grupo de traducciones.
Hoy dejo ante el lector –el no siempre hipócrita lector- una pequeña muestra de este trabajo. Lamentablemente en el tiempo utilizado perdí muchas de las hojas en que guardaba mis anotaciones y versiones, lo que redujo drásticamente el número de poemas rescatados. Sin embargo, ese mismo tiempo que lo destroza todo –y al que nosotros prestamos nuestras manos y nuestro olvido- hará que esta muestra se acreciente y logre ser el debido homenaje al autor, un homenaje en movimiento, situado sobre una página tan blanca como los inviernos de Islandia, en esta tierra de nadie llamada “internet” y por la que nos desvivimos. Un homenaje a la distancia.

II

En 1999 A different silence, sus obras selectas traducidas al inglés por él y por Petur Knutsson, ganó el Premio Americano-Escandinavo de Traducción. Sin embargo, Ibsen no era un total desconocido en ese momento, su obra ya había sido trasvasijada a idiomas como el danés, el noruego, el alemán y el italiano. A su lengua, por otra parte, había servido logrando significativas traducciones de la obra casi completa de Samuel Beckett, Norman Mailer, William Carlos Williams, Ezra Pound(1) y selecciones de la poesía de Robert Creeley. Probablemente en esas vueltas de páginas, Ibsen se pudo haber topado con las versiones que Williams realizó de Nicanor Parra, de lo cual, no obstante, no hay registro, pero nada se pierde con elucubrar.
Su labor literaria se dirigió por largo tiempo al teatro, con lo cual logró un número portentoso de premios otorgados por organizaciones y ministerios de su país. Su primer poemario Korn de 1975 esperó por largo tiempo a su sucesor, hasta la aparición Vort skarda lif (1990), cuyo título, llevado al español, es Esta cicatrizada vida, en el cual se pueden leer poemas dedicados a Creeley, Pound, Beckett, Rawoth y Williams, pero como remarca Knutsson, en su prólogo a A different silence, esta obra está cargada de nostalgia, de autocrítica y reflexión sobre el lenguaje y el tiempo, todos estos elementos modulados desde experiencias cotidianas y familiares, desde el aprendizaje de un niño, al triste despojo de los ancianos en los asilos.

“El poema en sí mismo es un modo de viaje, una herramienta para la preservación. La palabra preserva los momentos pasados” define Knutsson sobre Ibsen, agregando estos versos del poeta para comprender su idea del ser del poema: “como una fotografía/ nuestro ser en otro/ tiempo en otro/ lenguaje”. En cierta forma la palabra “fotografía” define –con todo su contenido de ser un acto de reproductividad técnica- el ser de esta poesía tan cercana a la que alguna vez erigió su coterráneo del siglo XIX Hjálmar Jónsson (nostálgica y reflexiva, invadida de figuras tomadas del inmenso paisaje isleño), como de la poesía modernista y confidencial de la tradición angloamericana del siglo XX. En Ibsen se pueden hallar las pistas para una lectura no sólo de estos, sino también de poetas contemporáneos y no tanto, como de los irlandeses Seamus Heaney y Louis McNeice, como del polaco Czeslaw Milosz o el inglés y brutal Philip Larkin. Sin embargo, “más allá de todo esto/ mucho más allá de todo esto”, la condición insular de Islandia, su lejanía respecto al mundo, determina un aspecto fundamental del contenido de su poesía, es decir, el hecho de que el paisaje, la casa, las personas cercanas, la lectura, figuran como aspectos significativos desde los cuales surge la palabra.

Al mismo tiempo, debemos considerar otro aspecto de la voz de este poeta. En la década de los '70, como remarca Knutsson, una generación de poetas jóvenes buscó la independencia de la poesía islandesa, una tradición excesivamente “ombliguista”, autoreferente. Se ponen por meta traducir, llevar a su lengua los avances del modernismo de Pound y Eliot, y lo que resonaba en el momento. Hablan de realismo , sin los matices políticos que contuvo esta escuela artística en los países soviéticos, sino que tomándolo como una vía hacia la descripción y crítica de la sociedad, una crítica extremadamente irónica hacia un país autosuficiente económicamente (un país donde el sistema financiero es la base de su “producción”), que daba por sentado al arte como un medio inofensivo. A pesar de eso se les llamó “the funny generation”, lo que a pesar de ser despectivo, mostraba el sentido de su programa (un programa más bien que resultaba de una suma de individualidades), es decir, el de desmitificar la poesía, volviéndola un foco de expresión de lo cotidiano, de manera irónica y crítica, ruidosa y cómica. Ibsen estaba entre ellos y su expresión tomó verdadera importancia para su lengua cuando comenzó a desequilibrarla, recortarla, condensando a tal nivel la palabra, que le devolvió a la poesía islandesa un tono reflexivo que había perdido con el criollismo y el decadentismo. En cierta forma esa generación de poetas hizo el trabajo que aquí resultó de la antipoesía parriana.
Ibsen hizo que el silencio de su tierra hablara entre sus versos, logró, como e.e. cummings, darle otra respiración, sosteniendo la palabra de un dedo ante el abismo. Esto es lo que me parece interesante al leerlo y al traducirlo, de ponerlo en la mesa de la poesía chilena contemporánea (y a esto me refiero especialmente a la joven) extremadamente complaciente, que cree que un caudal de barbaridades (y garabatos y órganos) habla más que un silencio bien aprovechado, que no comprende aún que una fotografía dice más que mil palabras.

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Notas:
(1)Es necesario mencionar que Ibsen escribó una obra dramática titulada al inglés como The turtle gets too (1984), basada en la amistad entre Ezra Pound y William Carlos Williams. El tema central de esta trata sobre el papel del arte en relación a la vida y a la sociedad, en la era de los medios masivos de comunicación y la Segunda Guerra Mundial.

lunes, mayo 04, 2009

Las profecías del subsuelo

Reseña a "Brevario del Caos" de Albert Caraco
Editorial Sexto Piso, 2006


Por Diego Alfaro Palma
En Cuarto de Revelado, n°3, Santiago, 2009.




No hay hombre sobre la Tierra que pueda terminar Breviario del Caos de una sentada. Su autor, Albert Caraco (de origen judío, nacido en Constantinopla en 1919), se lo ha comparado con otras voces crepusculares del siglo XX como Emile Cioran, Fernando Pessoa y Louis-Ferdinand Céline, no obstante se desprende una clara diferencia entre estos: el suicidio de Caraco un día desconocido de septiembre de 1971, a horas de la muerte de su padre. Paradójicamente, como gran parte de la literatura del siglo recién pasado, la obra de Caraco es póstuma, quedando a manos de la casa editorial francesa L’Age d’Homme, quienes diez años después lo convertirían en un autor de culto, secreto, maldito y, por consiguiente, de culto.


En nuestro país no existen referencias del tono apocalíptico de Caraco, únicamente Breviario del Caos publicado en 2006 por la editorial Mexicano-española Sexto Piso y traducida por Rodrigo Santos Rivera. El trabajo de estos es, sin lugar a dudas, monumental y de un acierto que merece ser tomado en cuenta, considerando el riesgo que contiene editar este compendio sacrílego contra la idea de orden, revolución y progreso, que resulta, por lo menos, cosquilloso en nuestro continente, donde estas palabras aún resuenan como imperativos categóricos.
“Elevo un canto de muerte sobre el universo”, comienza una de las reflexiones del autor, uno que por lo demás se define como “profeta de su generación”, de la destrucción final de la humanidad, algo que para estos tiempos no nos debe causar mayor impresión. Sin embargo, Caraco en su trabajo monástico de criticar las formas de vida moderna y su desenlace, logró consolidar una posición que va de lo realista a lo pesimista (incluso cercana al fascismo), vislumbrando desde ahí la autodestrucción a la que se conduce la humanidad, originada esta por el trato del hombre sobre el hombre, la servidumbre de las masas, el agotamiento de los recursos del planeta y la caída de todas las utopías y sentimientos comunes a todos los periodos de la humanidad. De esta manera desprende el telón del entusiasmo al suelo:


“Pues vamos a morir primero por millones, por miles de millones después y no pararemos de morir hasta que la masa de perdición no se haya extinguido y el universo sane de esta lepra, la lepra de los humanos que lo devoran en demasía”.


La labor escritural de Caraco es la de ser un inquisidor en el momento de la crisis, nada difícil de pensar, pero que concretado en palabras obtiene un sin sabor dramático. En Caraco hay sobre todo rabia, no angustia, sino una rabia infinita y concreta contra la civilización occidental moderna (algo que en muchos casos resulta ser personal). Aludiendo a lo que podríamos entender por su sistema filosófico, este se genera a partir de la conclusión de que “si existe un Dios, el caos y la muerte figuraran entre Sus atributos”, de ahí entiende que el sitial del hombre resulta ser el del virus que propaga el caos sobre el universo sin detenerse a reflexionar en aquello, al tiempo que forja grandes órdenes que el futuro revelará como agujeros de negros del caos y de la muerte, empresas del absurdo, la guerra y la autodestrucción. “Los desiertos son obra del hombre”, nos dice este memorialista del subsuelo retomando las palabras de Nietszche, y es la humanidad en su conjunto la que en la contingencia es guiada por sacerdotes y gobernantes que “son o imbéciles patéticos o profundos perversos, ninguno está a la medida de esta época”. Por esto Caraco nos llama a sumir nuestra voluntad al caos, a la muerte final de la especie, cuyo única “salvación” –palabra de la que él descree- está en la sobreviviencia de unos pocos al holocausto demográfico al que nos aproximamos: “La caridad no salva un mundo repleto de insectos que no saben más que devorarlo”. Únicamente, después de eso, el hombre deberá volver a su origen maternal, a suplir al dios por la diosa, lo viril por lo femenino, como una forma de contactarse nuevamente con la tierra que ha destruido.


El pensamiento de Caraco remite al caos por una insuficiencia que demuestra en las grandes construcciones de nuestro siglo:


“Nos volvemos cada vez más conservadores y llegamos a mantener las antiguallas más caducas y vergonzosas, nuestras revoluciones son puramente verbales y cambiamos las palabras para darnos la ilusión de estar transformando las cosas, tenemos miedo de todo y de nosotros mismos, encontramos la manera de eliminar la audacia yendo más allá de la audacia y de tener ocupada la locura exagerando la locura, no nos oponemos a nada y lo abortamos todo, es el triunfo de la desmesura sometida a la impotencia. Con esto, vamos a la muerte, digo: la muerte universal, con alguna salvedad, encargada de cerrar la historia.”


Júzguese al autor como se quiera, ya que instalados o no en el mundo, su reflexión nos obliga al cuestionamiento y, en esto, hay un sano ejercicio. Su lectura discurre hacia la atrocidad, la involución de los valores, la catástrofe como punto de referencia. Quizás Caraco está más cercano a nuestros malditos Lautremont y Rimbaud, con todas las salvedades del caso, de lo contrario, es un declarado personaje de Dostoievsky. Lo verdadero es que su obra es una señal de detención, un frenazo feroz sobre el pavimento, a la vez que para otros resulta una lectura creada desde el delirio y la falta de fe. Sea como fuere, Breviario del caos fue escrito al borde del abismo y de ahí surge una inteligencia arrolladora, fiel o no, inhumanamente perturbadora.

Liras de la pérdida

Revisión a Luz Rabiosa de Rafael Rubio
Camino del ciego ediciones, Los Ángeles, 2007.



Por Diego Alfaro Palma
Revista Antítesis, número 4, Valparaíso, 2008.



"En mis manos levanto una tormenta/ de piedras, rayos y hachas estridentes/ sedienta de catástrofe y hambrienta" es la trascripción perfecta, en palabras del poeta Miguel Hernández, de la sensación de sostener el libro "Luz Rabiosa" de Rafael Rubio. La alusión es a la Elegía a Ramón Sijé que el poeta español escribiera en los años '30, y que Rubio cita como una de sus influencias profundas, pero que siendo sincero con el lector de esta reseña, me es justo agregar que aquí, en esta obra, es ampliamente superada. Anticipo que el texto que a continuación desgloso no es una crítica para lavarse las manos, sino al contrario: para ponerlas al fuego.

“Todo consiste en llegar al justo término/ y después, dar a luz la voz: dejar/ que se complete la muerte” nos dice Rubio al comienzo de “El arte de la Elegía”, uno de los poemas más logrados de este arte mortuorio, y que sella la primera parte de “Luz Rabiosa” titulada “Descendimiento”, y que junto con “Levantamiento”, congregan una mixtura de poemas que parecieran romper con la célebre teoría newtoniana de la gravitación universal. La apuesta del poeta es la de adentrarse en las fauces de la muerte, del duelo personal, siempre personal, como eje de su composición, ahondando con maestría en ella, para quitarle palabras, luchando codo a codo en una titánica labor –no sólo estética sino complejamente existencial- donde las oraciones de las Glosas Emilianenses (la primera y casual aparición del castellano) y los últimos y oceánicos versos de Huidobro, sin jerarquías, se alzan en este Requiem, fantasma persistente en la poesía castellana, de la que sin duda la muerte se sentiría honrada contendora.

Las Elegías son el comienzo de una sinfonía violenta, rasgada, ajada por el dolor. La entrada de la muerte en la vida, la insuficiencia que motiva el duelo, la rebelión contra un orden mayor, la herida, las terribles noches y la definición exclamada de la ira, son en parte, los epitafios que observamos grabados en la áspera roca de esta despedida. Cada una de estas seis elegías edifican la respuesta iracunda de ese hombre, aferrado apenas a la vida, que suplica un sentido en “Oración de gracias”:

Señálame el lugar donde la noche
Urdió el terrible nido
En qué lugar del cuerpo
Urdió el terrible nido
En qué hueco del mundo
Urdió el terrible nido

La música de las Elegías, martillada por este artesano, se compone de endecasílabos agrupados en tercetos pareados, plagados de aliteraciones “de grueso calibre”, encabalgamientos, para, como nos revela en su “Arte de la Elegía”, “reproducir la onomatopeya del desamparo”, en rima consonante y ritmo yámbico, en los que resplandece en medio de la oscuridad, la verdad “como requisito indispensable”. Es indudable, a pesar de la ironía del autor consigo mismo en sus artes poéticas, no contemplar un desgarro real, indispensable para inflectar la voz dentro de una tradición antiquísima que desde el lamento de Gilgamesh, ha encontrado en esta ceremonia un cause para volver a leer aquellas Coplas de Jorge Manrique.

Si se nos permite una imagen que aúne esta composición, propondré la de la hiedra, “la más profunda hiedra”, que se encarama y tupe la compleja arquitectura de los acabados versos de Rubio. Me refiero con esto, que Luz Rabiosa es en sí un solo poema, enraizado en sus primeras Elegías, la cuales brindan palabras, constantemente repetidas, que van hilando el ritmo desgarrado de esta Lacrimosa. Marcadas por la repetición del fonema r, las palabras “sangre”, “padre”, “madre”, “rabia” y la misma “hiedra”, conforman un primer acorde que inmediatamente hace alusión a la pérdida, y más claramente a aquella siempre y dura palabra de nuestro idioma que es “dejar”, en la cual reverbera, luego del rasguño de la j, esa r que no es sino la prolongación de la muerte, imitando esas olas eternas que revientan en la costa, como también dando cuenta de esa rabia que se cuela por debajo de los días. Por otra parte, “mesa”, “sopa” y “misa” dan cuenta con su fonema s de la continuación de la vida, de sucesos rutinarios y rituales, puestos en crisis en Cenatorio, al cual podríamos engarzar directamente aquella frase del escritor italiano Claudio Magris: “Nada muestra tan patente una ausencia como el hecho de que indeleblemente la vida continúa”.

Poemas como Escena familiar II nos recuerdan en su suma de voces al Juego de Ajedrez de La Tierra Baldía de T.S. Eliot. El almuerzo se acopla entre puteadas y exclamaciones, entre frases ajenas a la pérdida, pues un puente se cierra entre la familia, el irremediable puente de nombrar el dolor, y es allí donde el poeta, sentado en su silla de costumbre, urde la rabia, las miradas, en “el abismo cruel del comedor”: él y su arte son testigos de la muerte. Aunque la labor vaya más allá de sus posibilidades y de las del lenguaje, pues como decía Foucault en Las palabras y las cosas, es la muerte –palabra tan común y tan “perra” cuando nos acecha- el límite de todas las posibilidades, en donde la literatura es la única forma de rozar su experiencia, aunque esto nos parezca un contrasentido.

Como bien sabe el lector, en literatura no existe una medida específica que sirva para calcular el peso estético de una obra frente otra; el lamento de Dido por la huida de Eneas o el llanto de Job contra el Dios terrible que todo le arrebató, son pasajes que finalmente perduran por lo inquietante y lo revelador del mensaje que entregan a la humanidad en todos sus tiempos. Rafael Rubio no nos entrega nada nuevo, ni pedazos de papel en una pecera ni tampoco una performance extravagante, y es ahí donde reside el interés de Luz Rabiosa, una obra condenada a perdurar y madurar en el tiempo, como una de las más portentosas de la poesía chilena en al menos 30 años. Su verdad y su desgarro nos enfrentan nuevamente, en la época de lo evanescente, ante una muerte concreta y salvaje, de la que podemos vitorear que un poeta ha vuelto desde ella para ascender, no simplemente para torcer un canon literario, sino más bien para recordarnos, como Shakespeare en la voz de Hamlet, la certeza de que hay un “morir: dormir; nada más”, y a pesar de aquello, continuamos.



(Limache, 12 de abril de 2008)

sábado, agosto 30, 2008

Tiempo de sacar los nidos


Tiempo de sacar los nidos
Presentación de la obra de Cecilia Casanova



Por Diego Alfaro Palma



A Lorena Zebil, a su partida.



*


Antes debiera de hacer una aclaración: el siguiente texto no contiene ningún poema de Cecilia. Los parafrasea, juega con algunos títulos, pero el objeto mismo es el de presentar una obra, indagar cómo se escribe y cuáles son sus motivos, por eso cumplo con dar una visión global, con el riesgo de que la autora al leer su poesía me contradiga. De eso se trata, y no está de más decir que este estudio es parte de un trabajo de Antología de obra completa que estoy preparando y que espera editor.

*




Porque tengo mucho que decir, preferiría callar de una manera torpe, hacer el trabajo del sin sentido, elaborar, con un grupo de obreros imaginarios, un gran edificio de palabras vacías para no acabar de decir lo que se debe. Muchos esperarían los siguientes títulos para esta exposición: “Cecilia Casanova, una experiencia de la escritura femenina” o “Canon y contracanon, 25 razones y media para situar la poesía de Cecilia Casanova en la tradición chilena” o “Cotidianidad, ironía y política: estudio fragmentario a treinta versos de Cecilia Casanova”. Me permito agregar que este es el panorama de lo que la academia exigiría de una lectura de obra, rozando a agujazos distintos temas periféricos para finalmente no adentrarse en la exigencia que nos pide un poema: la experiencia de las emociones con respecto al texto, la clarificación de los dotes estéticos que este posea, su contexto particular, pincelar una mirada única y nueva a una lectura del mundo, y luego, claro está, buscamos el paper que nos asegure tal o cual puesto en las oficinas de la crítica literaria.
Arremanguémonos la camisa, el abrigo o lo que sea, quisiera partir con un asalto de mi razón. Hace algunos meses me senté a leer Relación personal de Gonzalo Millán, una actividad gratificante que como lector no me dejó impávido, siendo, que al mismo tiempo que repasaba varias veces esos breves poemas, de mí se proyectaba una larga y fantasmal duda. El libro fue publicado, según el colofón, el año de 1978, en la calle Coronel Alvarado, Santiago de Chile, y en su interior se despertaban los versos de un poema como “Te escojo y te saco del racimo”:

Como a una uva negra te descubro
de polvo y de pasado te limpio,
muerdo
tu claradulce carne con mis dientes
y planto
la semilla húmeda en la tierra.

Este poema me detuvo. Como un atleta alzando la vista luego de una partida falsa, me hice la siguiente pregunta: ¿Podría estar este poema situado en un libro como El sonido de las estrellas de Cecilia Casanova? Así se sucedió una evidencia: en sí todo el libro estaba profundamente conectado con la obra de Cecilia; había algo en él que nos podría hacer dudar de quién es el verdadero autor, al hacer una competencia de adivinanzas, y dejarnos caer en la verdad de que ambos son parte de una línea poética un tanto crucificada en la tradición chilena. De ahí surgió el fantasma definitivo: un recuerdo: Cecilia me había contado en varias oportunidades su “relación personal” con Millán, que oficialmente fue “impersonal”, pues nunca se conocieron cara a cara, hubo llamadas telefónicas en las que el “escorpión azul” confesaba a la poeta su reconocimiento y más aún el gusto por su poesía. Ahora, esto nos llevaría a dos preguntas incómodas: ¿Qué ganó Millán de esa lectura? Y ¿Qué hace que la poesía de Cecilia esté vigente, pero sin el reconocimiento debido, salvo por un grupo reducido de poetas?
A esto hay dos respuestas que más parecerán lanzas veloces, ataques de un salvaje hambriento: No se puede leer la poesía de Millán separada de la poesía de Cecilia Casanova; y en segundo lugar, Cecilia Casanova se adelantó a pasos agigantados a su tiempo. Una complementa la otra, pero vamos con calma a adentrarnos en cada cual, no obstante tenga en claro, asistente, que esta presentación se pretende como una nota estridente y no jugará a hacer concesiones con los concesionarios de la poesía, muchos de los cuales no han tenido la entereza de encarar esta obra condensada y rellena de una ligereza trabajosamente articulada, que no es menor señalar aquí, que salvo unas introducciones de nombres altos, ninguna de ellas ha logrado posicionar el apellido de la poeta más allá de la extravagancia y la imagen.
Pero tomemos en cuenta aquel viejo cliché, pongámoslo bajo lupa, porque si un triunfo de su poesía ha de ser celebrado es su capacidad de crear relatos a través de imágenes de manera condensada, donde la emoción queda deslavada, surgiendo entre la breve y musical estructura del poema o por alusión, es decir, posterior a la lectura del poema, quedando contenida dentro del verso, anidando en el lector. Como decía Ezra Pound “en poesía la prosa queda para el lector” y pareciera que quien hoy nos reúne hubiera seguido al callo esos tres consejos que nos dejó il migglior fabro:

1) Tratamiento directo de la cosa. Ya sea subjetiva u objetiva.
2) No usar en absoluto ninguna palabra que no contribuya a la presentación.
3) Respecto a ritmo: componer con la secuencia de la frase musical. No con la secuencia de un metrónomo.

Más allá de las consecuencias que dejó este decálogo del imaginismo en la poesía contemporánea, podríamos llegar a creer que la poética poundiana fue la piedra de tope para una joven Cecilia Casanova y su primer modelo de escritura. A esa creencia opongo una retrospectiva en la historia de la poesía castellana y es que podría afirmar sin mayor atrevimiento que los referentes directos de su obra y más cercanos a su primera etapa fueron los modernistas y la poesía de Amado Nervo. La apuesta de estos hacia fines del siglo XIX fue la figuración de una poesía apartada del sentimentalismo en el que había caído nuestra lengua luego del Siglo de Oro, la restitución de la imagen romántica (la inclusión de la contradicción y la ironía), la pulsión de la subjetividad a cuadras del decadentismo de escritorio. Nervo es para Casanova uno de los primeros referentes de la narrativa dentro del poema, en verso medido, pero la experimentación de situaciones contadas verso a verso, que por seguridad, en los anaqueles de su padre, le resultó la modalidad más propia de relatar su vida y de imaginar personajes, de agregarle movilidad a la poesía, de hacerla sentarse, caminar, mirar, hincarse, de expresar a la manera de un diario el afloramiento y la posibilidad para una mujer de contactarse con la cotidianidad. De ese tono quedan resquicios en sus dos primeros libros Como lo más solo (1949) y De cada día (1958), que más allá de sus títulos, el primero se plantea como la caída de una voz femenina con la poesía, con el amor y con quienes lo rodean, en tanto que el segundo, como un cuadernillo de anotaciones desde la enfermedad, el postramiento, la necesidad de un afuera, de salir, y ante ello la aparición de la muerte, o sea, esa pelea “codo a codo” con ella, para “robarle ciertos secretos”, al decir de Enrique Lihn.
Pero Cecilia siempre resultó estar fuera de los esquemas. Su obra comparada con la de Mistral se alejan por rudeza, aspereza y uso y desuso de la cultura, me refiero con esto, a las alusiones librescas y bíblicas, a la composición del poema a través de medios tradicionales como el soneto, por nombrar uno. Si la comparamos con aquellas mujeres de la antología “Selva lírica” difiere de ellas tanto en el contexto expresivo de la voz femenina, como en el exceso de sensiblería, cosa que también pasa si la ponemos en equilibrio con un número no menor de sus contemporáneas. Me parece que está más cercana a Winnét de Rokha, en el arte que ésta tuvo de construir imágenes, de controlar a través de éstas el derroche de sensibilidad, de abarcar mostrando con palabras una situación, aunque ella, quien nos congrega, fuera cinco metros más allá para ser más pulcra en el decir, más concentrada en la musicalidad y en el ritmo que se forma al posicionar un objeto con otro. Eso ganó la poesía de Cecilia, es decir, el salirse de las categorías de lo “femenino”, de lo “pechoño” y lo “sumiso”, ser finalmente poesía y en momentos gran poesía, ser poeta y no “poetiza”, darle a su escritura un halo de incertidumbre ante las convenciones sociales y poéticas, posicionar su obra en lo inmanente, desde la duda y la ironía hacia la trascendencia, rugir, ser triste, alegre, escéptica, erótica, sin postrar estas palabras como ejes de sus poemas, sino aludir, cosa que queda muy clara en libros como De acertijos y premoniciones y Los juegos del sol, aquello que Bruno Cuneo, su mejor crítico, diría de Mi misma citando dos versos de John Donne “la mujer es secreta/ apariencia pintada”, poesía adelgazada, de una mujer poeta que se esconde y aparece, que se recorta para que quien habla en sus poemas nos deje la presencia más cercana que poseemos ante lo efímero, aquello que se fuga, sentenciar ante un alero o un florero que la vida se va y no vuelve.
Quizás es por esto que personalidades como Enrique Lihn, Jorge Teillier, Carlos de Rokha y Alberto Rubio, sintieran, como miembros de aquello que Enrique Lafourcade tentó en nombrar la “Generación del ‘50”, no sólo una amistad por simpatía, sino también por intensidad intelectual, por respeto de individualidad y de obra, lo que queda demostrado en los prólogos que tanto Lihn y Teillier hicieron de sus libros. Siento, a una distancia marcada por la juventud y el paso del tiempo, que ambos vieron en la poesía de Cecilia las implicancias que podía tener para un autor el hecho de adquirir para sí, y tempranamente, lo más innovador de la aceleración del verso y la construcción de la imagen de un Huidobro, la revelación de una cotidianidad significativa en un Neruda como en el de las Residencias, o la ironía y el zarpazo cómico, antipoético, de un Nicanor Parra, tardíos eso sí, más presentes en Estudio número cinco y más propiamente en Los invitados de tu memoria, como remarca Adriana Valdés en su introducción. Y esto, creo, fue de alta importancia para Millán, porque vio, más allá de la revolución del imaginismo en la poesía anglosajona o del objetivismo de William Carlos Williams, la congregación de distintos niveles expresivos, en una poesía que se permitía hablar de todo y sin tapujos, conservando en esa libertad, sin marcos ni muros, su propia identidad, ésta definida no por una pasividad ante el mundo, sino como una violencia contra la rutina, situando a pájaros hablando en inglés, soles que iluminan sombreros de paja, casetes que nos devuelven la voz de los exiliados, autos y balcones en los que perdura la unión de dos personas, jardines que resultan ser postales en movimiento.
“Repetir en nosotros/ renovados deleites/ es como un asesinato/ omnipotente, agudo” nos dice en un poema Emily Dickinson, con quien se le ha comparado mucho, por una parte por el encierro que suscita, para tales y cuales, el hecho de escribir con pocos elementos; esto, sólo a ratos, debo agregar, pues de “los renovados deleites” vuelven, cada tanto, a surgir espacios inmensos como las playas de Zapallar o las escalinatas de Venecia, véase por ejemplo Estación Termini. Pero difieren en gran medida, puestas ambas en sus puntos altos, por el impulso que a cada cual las lleva escribir y finalizar un poema; Dickinson intenta acercarse al lector con notas y resoluciones, de carácter metafísicos, lo que podríamos llamar una moraleja o conclusión existencial; Casanova transcribe el mundo, lo que escucha y ve en la calle, lo que imagina tras su ventana, correlaciona rítmicamente sustantivos y verbos y presenta, deja que de las palabras vuelen pájaros que podrían ser mensajeros, pero que por la altura de su vuelo no alcanzamos a distinguir, y agradecemos ese gesto, pues nos hace partícipes no sólo de la lectura misma del poema sino también de aquello que nos rodea, de situaciones que vivimos o que tal vez nunca realicemos. Nadie resumió mejor esto que Adriana Valdés al afirmar que esta poesía “enuncia lo que borra, presenta lo que vela”. Y esto es difícil de concitar en la poesía chilena, no poseemos muchos ejemplos de este acto, tan contradictorio como vivir y ser sensible, como desprendernos y abrazar la muerte. Las grandes habitaciones de nuestra tradición gozan de aquello que Enrique Lihn arguyó como ausencia en la obra de Cecilia: “un lenguaje a la sordina que se rehúsa a los efectos oratorios, a la figuras retóricas nítidas”. No hay aquí cantos generales, ni monólogos de padres a sus hijos, ni lobos ni ovejas, ni menos purgatorios, sino constatación de paseante, de observador lejano y a la vez activo, de quien riega sus plantas a distintas horas del día, que pinta como escribe, que derrocha color y emoción pasada por cloro, ese riesgo heroico que remarcaba el poeta polaco Cseslaw Milosz en estos versos:

El objeto de la poesía es recordarnos
Lo difícil que es ser una sola persona,
Porque tenemos la casa abierta, no hay llaves en las puertas,
E invitados invisibles entran y salen a sus anchas.

Es esa originalidad, la de ser una sola mientras invitados escapan del telón de un cinematógrafo, la de llevarla a cabo como susurro, sin épica de por medio sino la de ser esa poesía organizada por rimas internas y quiebres bruscos, que se reduce para ampliarse, la que hoy sigue vigente por rebeldía y que no ha podido ser revisada con propiedad, ya sea por la deficiencia del medio o las cartas que dan a favor otros nombres. Ahora que Cecilia escribe Poemas del Vago y del Simpático, conjunto del que puedo sentenciar anticipadamente como el más logrado de su producción, debiéramos preguntarnos hasta el insomnio qué es lo que hizo que tantos creadores –Venturelli, Couve y el mismo Neruda, entre otros- hayan preferido sus obras y a ratos callado, saludarlas críticamente, mientras le eran negados los premios, lo que sarcásticamente podríamos llamar “justicia poética” haya silenciado poemas que luego de estos días de lluvia celebramos: Tiempo de sacar los nidos.


La Chascona, 28 de agosto de 2008.

sábado, agosto 02, 2008

Dos actvidades re-interesantes

LANZAMIENTO DE RASCACIELOS DE ENRIQUE WINTER




(Haz click en la imagen para ver la información)
POETAS PARA PASAR AGOSTO
(EN VALPARAÍSO)

(Haz click en la imagen para ver la información)

lunes, julio 28, 2008

La Quetrófila en Chile




La “Quetrófila es una revista de literatura realizada por un grupo de poetas jóvenes argentinas que se encuentra de visita en nuestro país.
Dónde: Sede UDD Lastarria / Villavicencio 395, esq. Lastarria / Metro UC
Cuándo: Miércoles 30 de julio / 19:00 hrs.

miércoles, julio 23, 2008

Seis poemas breves de Armando Rubio Huidobro

De Ciudadano

Ediciones Minga

1983







LAS NUBES.
Niño,
las nubes no son de algodón;
las nubes son
el bostezo de Dios.

Niño,
las nubes no son un adorno;
las nubes
son un estorbo:
no nos dejan ver a Dios.



UN DOMINGO.
La tarde se asolea, azul,
en la plaza. Las palomas se congregan
luminosas y amargas
entre volantines y esferas
que se enredan en los cables.

Un niño llora
su gorra marinera
en la cabeza del lustrabotas.

Los hombres sueñan.
La tarde gira
en la manivela
del organillero.



DISTANCIA.
Indiferencia del mundo
y de las cosas
hacia mi;
indiferencia mía
hacia el mundo y las cosas:
mutua correspondencia.

Transito
y caigo
de pie.

La misma puerta
entreabierta
en un desierto
marchito de sol.

La gaviota extraviada
en un espejismo de mar,
abre sus alas,
yerta,
sobre el vacio de las cosas.



NAIPE.
Veintiún años:
poco a poco me descubro
la baraja que me dieron.

¿Qué carta
tirar primero?

Lo de mirarse uno mismo
-cara de astuto viajero,
diente de viejo zorro-
por algo que no sabernos.

¡Y tan largo
que se me vuelve este juego!



ESCENA COTIDIANA.
La mosca sobrevuela
en torno del almuerzo.

El hombre se levanta,
matamoscas en mano,
y se le enreda un pie:
voltea ella la mesa,
muere el hombre, aplastado.

Entonces
almuerza la mosca
entre blancos aromas
de zapallo.



HABITOS.
Esta vieja costumbre en consecuencia
de amanecer cansado cada día
con la cara de siempre, el mismo aspecto
-cordero estupefacto, ¡no hay derecho!-,
la liturgia congénita de mirarme al espejo:
descubrirme in fraganti con peineta y dentífrico
-no asienta esa conducta en mansa bestia-;
conciencia de estar vivo y respirando
-con qué objeto, que sabes-, y otras cosas
que, por último, ahora no tolero:
la plena autonomía de mis gestos
y la fidelidad de mis zapatos.

domingo, julio 20, 2008

Lanzamiento antología de Winétt de Rokha

(Para ver la información haz click en la imagen)

viernes, julio 11, 2008

De todo un poco (salpicado de libros)





C.M. Bowra - Reiner Maria Rilke (PDF)


Wolfang Kayser - Lo grotesco [Fragmentos] (PDF)


Perry Anderson - Entrevista a Gyorgy Lukács (PDF)


Gyorgy Lukács - La teoría de la novela [cap. 3,4,5] (PDF)


Paolo Virno - Virtuosismo y revolución (PDF)


Peter Szondy - Estudios sobre Celan (PDF)


Rumi - Poemas Sufíes (PDF)



domingo, julio 06, 2008

Los seis minutos más bellos de la historia del cine


Por Giorgio Agamben



Sancho Panza entra en un cine de una ciudad de provincia.
Viene buscando a Don Quijote y lo encuentra: está sentado
aparte y mira fijamente la pantalla. La sala está casi llena, la
galería -que es una especie de gallinero- está completamente
ocupada por niños ruidosos. Después de algunos intentos inútiles
de alcanzar a Don Quijote, Sancho se sienta de mala gana
en la platea, junto a una niña (¿Dulcinea?) que le ofrece un
chupetín. La proyección está empezada, es una película de época,
sobre la pantalla corren caballeros armados, de pronto aparece
una mujer en peligro. Inmediatamente Don Quijote se
pone de pie, desenvaina su espada, se precipita contra la pantalla
y sus sablazos empiezan a lacerar la tela. Sobre la pantalla
todavía aparecen la mujer y los caballeros, pero el rasgón negro
abierto por la espada de Don Quijote se extiende cada vez más,
devora implacablemente las imágenes. Al final, de la pantalla
ya no queda casi nada, se ve sólo la estructura de madera que la
sostenía. El público indignado abandona la sala, pero en el gallinero
los niños no paran de animar fanáticamente a Don
Quijote. Sólo la niña en platea lo mira con desaprobación.





¿Qué debemos hacer con nuestras imaginaciones? Amarlas,
creerlas a tal punto de tener que destruir, falsificar (este es,quizás,
el sentido del cine de Orson Welles). Pero cuando, al
final, ellas se revelan vacías, incumplidas, cuando muestran la
nada de la que están hechas, solamente entonces pagar el precio
de su verdad, entender que Dulcinea -a quien hemos salvado-
no puede amarnos.
(En Profanaciones, Editorial Adriana Hidalgo, BsAs, 2005. p.123-4)

viernes, junio 27, 2008

A quienes habrán de perder su nombradía

Por Diego Alfaro Palma


Del viento es el pendón pompa ligera
Góngora

Lo primero que debe saber un poeta es que está completamente muerto. Sea un jovencillo de 17 años en Charleville o uno de 60 en Santiago de Chile – o para hacer menos cruel la distancia, en Punta Arenas o en Buenos Aires- ninguno escapará de esta implacable verdad. No es para ponerse a llorar (a menos que sean lo suficientemente sensibles para hacerlo), ni para tomar el primer transporte al cementerio para visitar la propia tumba. No, señores, no se trata de eso; hablo, en fin, de esa necesaria sabiduría, ya mítica, de reconocer que bajo los grandes discursos la honorabilidad del oficio está en ponerse del otro lado de la vida, en el gesto completamente humilde de no esperar absolutamente nada del nocturno acto de la escritura. En ese encogerse nacen las palabras grandes, que no es el encogimiento ante el poder, sino ese paso decisivo, allí donde él no calza con su zapato portentoso, es decir, un paso de la vida a la muerte para devolver en versos –o en prosa- la indicación de lo definitivamente importante en la existencia humana: hablar de hombre a hombre, cara a cara, sobre los minutos que pasan y las sillas que se quiebran.

Para escribir hay que tomarse el tiempo necesario. Ya Lihn lo decía, “lo primero de todo: sentarse y madurar”, nada del otro mundo para los de ceso frío, pero un mandamiento difícil en la sociedad de la imagen y el auto-reconocimiento donde todos, o la gran mayoría, busca adjudicarse esos cinco minutos de fama que le puedan entregar los medios, realizando la pirueta de la semana o lanzando el poema más obsceno de los últimos tres meses para los hambrientos académicos. Ahí habrán de parar: a la mar que es el morir. Para quien yace muerto todo este impecable entretenimiento no ha de parecerle sino un absurdo, un juego de niñitos bobos que rayan papelitos en las discoteques o que se promocionan vía e-mail: patadas en el aire. La poesía se hace con temblor, con la violencia del lápiz, con la garganta áspera y los ojos abiertos a lo eterno que se cuela tras la puerta.

La cosa es escribir como un muerto, de ahí, otro tema, es la actitud que ha de tomar el poeta con su vida, situación que da para idealizar los más hermosos castillos en el aire parisino. Aunque una cosa es cierta: una estética contiene y configura su propia ética. Todo quehacer humano, de una u otra forma, configura en mayor o menor grado el ser del hombre. En el arte, que siempre trabaja y trabajará con lo más importante, esta situación posee connotaciones aún más serias, pues en tiempos como estos, en donde lo más fácil es lanzar un discurso por la borda del ciberespacio o publicar un libro, la consecuencia entre lo escrito y la defensa de aquello es, sin lugar a dudas, lo difícil, el reto último para quien trabaja con el lenguaje, para quien, como decía Andrei Tarkovski, “esculpe en el tiempo”, da forma a una visión subjetiva de la realidad para devolverla a la realidad. Pero más allá de estas consabidas lecciones morales, existe una postura indeclinable: en un tiempo como este, en el que el sistema de capital ha vaciado el significado para “involucrar al sujeto de manera subliminal y libidinal en el nivel de la respuesta visceral en vez de en el de la conciencia reflexiva”, al decir de Terry Eagleton (en “Ideología: una introducción”), el escritor no debe andar con cuentos. El poeta por tanto no puede emular los juegos del consumismo, lo que quiere decir, que como creador no puede quedarse con el mero significante y hacer de él un atrapa polillas. En su función poética, su mensaje, reúne a esos viejos compañeros, significado y significante, para decirnos algo con el oído y con la mente: para acercarnos a otro, para dialogar en distintos tiempos: el de la vida de otro o el de la muerte propia. Por lo tanto, un arte desde la delgada línea de la finitud, no puede sino ser un arte que entra como quehacer en una vida autoconsciente de su propia finalidad, y de esta forma, de sí misma: sabiduría, en otras palabras.

Es cierto, ya estamos en este mundo, y aunque digamos que no hay nada más triste para el lenguaje que el periodismo, la publicidad o la política, sabemos en nuestro interior –en esa pequeña caja musical llamada conciencia- que más triste aún son las caretas de una poesía a mal traer, con ausencia de todo, en especial, de madurez y altura de miras, la existencia de una poesía que no aporta nada a la cotidianidad de un momento como el nuestro que reclama un poco de “oscura inteligencia” como dijo (y nos sigue diciendo) nuestro querido Lihn. Pero este es un llamado para hombres y mujeres inteligentes, no para quienes, que en su afán de derribar bosques, lanzan cinco libros en tres años (siendo de ellos, dos, antologías de los demás), ni para quienes “no conciben otra escritura sino desde el cuerpo”, cosa irremediablemente fáctica por la materialidad del mundo, ni tampoco para los especialistas en fiestas y tribus urbanas, porque el poeta como siempre ha obrado, habla a todos los hombres por igual, no hace distinción de clase ni jerarquías políticas, cosa que bien sabía Bertolt Brecht que escribía para los que iban a venir, para el proletariado y para que el burgués reconociera un cisma entre las clases, para que ambos reconocieran su humanidad dañada.

Se puede escribir de todo, para bien o para mal, pero como decía Gyorgy Lukács “el arte autentico tiende, pues, a ser profundo y abarcante. Se esfuerza por abrazar la vida en su omnilateral totalidad”. Por lo que, en su relación con la vida, el arte no puede sino conformarse a partir de sus propias posibilidades, desde sus límites, desde y hacia el último límite: la muerte. “Todo lo sólido se desvanece en el aire” afirmaba Marx (“El Capital”), al tiempo que Ezra Pound clamaba “todo lo que amas de verdad permanece, el resto es escoria” (Canto LXXXI). El arte de la palabra es memoria de todos los tiempos, interacción de unos con otros como nos enseñaron tantos, lo fugaz y lo eterno en pleno entrecruce, es tradición y talento individual puestos a la palestra de la humildad ante la historia y la defensa del lenguaje, no en su purismo, sino en su sana apertura hacia la verdad, contra la deprecación del ser humano y la injusticia, poesía y prosa de lo cotidiano para hablar al hombre a partir de su realidad, para que el arte, como susurro, comparta con él un sentimiento en común. La fama es un espiral vacío para quien escribe y más vacío aún cuando menos se leen las grandes obras y pequeños templos se erigen desde una carpa de circo.

La muerte nos es igual a todos, he ahí la universalidad a la que debe aspirar el poeta, para cantar en la lengua del amor, el dolor, la desesperación o la felicidad, lengua común a todos los seres. Ese es ya un requisito que despacha a unos cuantos de su nombradía, me refiero a quienes ponen los acentos en los localismo o especialidades, en las marginalidades auto-impuestas, en el periodismo, en las modas vacías, en la falsa exposición de sus veleidades, en la falta de lecturas necesarias, pues no es lo mismo un autor antes o después de Virgilio, Ovidio u Horacio, ni de Baudelaire o Mallarmé, menos aún de Shakespeare o Cervantes. Un autor debe conocer su lengua y la lengua de las motivaciones humanas, debe atreverse a las verdades categóricas o a la absoluta iridiscencia de la incertidumbre, mancharse las manos con sangre, pues escribir significa cometer ciertos crímenes. No se trata de escribir a partir de tal o cual moda teórica para acicalarse contra el académico de mal gusto, ni menos tratar burdamente la pedofilia o la homosexualidad como cuadros esquizofrénicos para figurar en antologías panorámicas del vacío absoluto del canto, ni mucho menos de silabear palabrotas a destajo para creernos los Sex Pistols del siglo XXI, los revolucionarios que nunca leyeron a Catulo.

Es para llorar a fin de cuentas, pero en toda época hay un montón que no se toma en serio su oficio, lo terrible es cuando una generación entera hace oídos sordos; pero mis muchachos, los que leen entre líneas comprenderán, el tiempo nos dará la razón, hay que escribir como muertos para conversar con otros muertos y robarles algunos secretos, brillantes esmeraldas esparcidas sobre la arena. Epígonos o epílogos, qué más da, lo importante es el gran rechazo a los meseros del poder y la fama, pues no hay que tener poquita fe, sino demasiada al momento de escribir, esa fe casi sin esperanza, despojada, para que el poema, como decía Paul Celan, sea un apretón de manos, aquí o en otra parte, siendo cien veces la sombra de las sombras, a tientas, recogiendo las certezas de la violencia auto-crítica y el cansancio de los ojos, con la valentía, a fin de cuentas, de aquellos que no temen a los fantasmas.

miércoles, junio 18, 2008

Esto me enseñaron


Poemas de Bertold Brecht






Recuerdo de María A.

Fue un día del azul septiembre cuando,
bajo la sombra de un ciruelo joven,
tuve a mi pálido amor entre los brazos,
como se tiene a un sueño calmo y dulce.
Y en el hermoso cielo de verano,
sobre nosotros, contemplé una nube.
Era una nube altísima, muy blanca.
Cuando volví a mirarla, ya no estaba.

Pasaron, desde entonces, muchas lunas
navegando despacio por el cielo.
A los ciruelos les llegó la tala.
Me preguntas: «¿Qué fue de aquel amor?»
Debo decirte que ya no lo recuerdo,
y, sin embargo, entiendo lo que dices.
Pero ya no me acuerdo de su cara
y sólo sé que, un día, la besé.

Y hasta el beso lo habría ya olvidado
de no haber sido por aquella nube.
No la he olvidado. No la olvidaré:
era muy blanca y alta, y descendía.

Acaso aún florezcan los ciruelos
y mi amor tenga ahora siete hijos.
Pero la nube sólo floreció un instante:
cuando volví a mirar, ya se había hecho viento.




Esto me enseñaron

Sepárate de tus compañeros en la estación.
Vete de mañana a la ciudad con la chaqueta abrochada,
búscate un alojamiento, y cuando llame a él tu compañero,
no le abras. ¡ Oh, no le abras la puerta!
Al contrario,
borra todas las huellas.

Si encuentras a tus padres en la ciudad de Hamburgo,
o donde sea,
pasa a su lado como un extraño, dobla la esquina, no los
reconozcas.
Baja el ala del sombrero que te regalaron.
No muestres tu cara. ¡Oh, no muestres tu cara!
Al contrario,
borra todas las huellas.

Come toda la carne que puedas. No ahorres.
Entra en todas las casas, cuando llueva, y siéntate
en cualquier silla,
pero no te quedes sentado. Y no te olvides el sombrero.
Hazme caso:
borra todas las huellas.

Lo que digas, no lo digas dos veces.
Si otro dice tu pensamiento, niégalo.
Quien no dio su firma, quien no dejó foto alguna,
quien no estuvo presente, quien no dijo nada,
¿cómo puede ser cogido?
Borra todas las huellas.

Cuando creas que vas a morir, cuídate
de que no te pongan losa sepulcral que traicione donde estás,
con su escritura clara, que te denuncia,
con el año de tu muerte, que te entrega.
Otra vez lo digo:
borra todas las huellas.

(Esto me enseñaron.)

(1926, del Libro de lectura
para los habitantes de las ciudades)





Canción de los poetas líricos
(Cuando, en el primer tercio del siglo xx,
no se pagaba ya nada por las poesías.)


Esto que vais a leer está en verso.
Lo digo porque acaso no sabéis ya lo que es un verso ni un poeta.
En verdad, no os portasteis muy bien con nosotros.

¿No habéis notado nada? ¿Nada tenéis que preguntar?
¿No observasteis que nadie publicaba ya versos?
¿Y sabéis la razón? Os la voy a decir:
Antes, los versos se leían y pagaban.

Nadie paga ya nada por la poesía.
Por eso hoy no se escribe. Los poetas preguntan:
«¿Quién la lee?» Mas también se preguntan:
«¿Quién la paga?»
Si no pagan, no escriben. A tal situación los habéis reducido.
Pero ¿por qué?, se pregunta el poeta. ¿Qué falta he cometido?
¿No hice siempre lo que me exigían los que me pagaban?
¿Acaso no he cumplido mis promesas?
Y oigo decir a los que pintan cuadros

que ya no se compra ninguno. Y los cuadros también
fueron siempre aduladores; hoy yacen en el desván...
¿Qué tenéis contra nosotros? ¿Por qué no queréis pagar?
Leemos que os hacéis cada día más ricos...

¿Acaso no os cantamos, cuando teníamos
el estómago lleno, todo lo que disfrutabais en la tierra?
Así lo disfrutabais otra vez: la carne de vuestras mujeres,
la melancolía del otoño, el arroyo, sus aguas bajo la luna...

Y el dulzor de vuestras frutas. El rumor de la hoja al caer.
Y de nuevo la carne de vuestras mujeres. Y lo invisible
sobre vosotros. Y hasta el recuerdo del polvo
en que os habéis de transformar al final.

Pero no es sólo esto lo que pagabais gustosos. Lo que
escribíamos
sobre aquellos que no se sientan como vosotros en sillas de oro,
también nos lo pagabais siempre. ¡Cuántas lágrimas
enjugamos!
¡Cuántas veces consolamos a quienes vosotros heríais!
Mucho hemos trabajado para vosotros. jamás nos negamos.
Siempre nos sometimos. Lo más que decíamos era « ¡Pagadlo! »
¡Cuántos crímenes hemos cometido así por vosotros!
¡Cuántos crímenes!
¡Y siempre nos conformábamos con las sobras de
vuestra comida!

Ay, ante vuestros carros hundidos en sangre y porquería
nosotros siempre uncimos nuestras grandes palabras.
A vuestro corral de matanzas le llamamos «campo
del honor»,
y «hermanos de labios largos» a vuestros cañones.

En los papeles que pedían impuestos para vosotros
hemos pintado los cuadros más maravillosos.
Y declamando nuestros cantos ardientes
siempre os volvieron a pagar los impuestos.

Hemos estudiado y mezclado las palabras como drogas,
aplicando tan sólo las mejores, las más fuertes.
Quienes las tomaron de nosotros, se las tragaron,
y se entregaron a vuestras manos como corderos.

A vosotros os hemos comparado sólo con aquello que
os placía.
En general, con los que fueron también celebrados
injustamente
por quienes les calificaban de mecenas sin tener nada
caliente en el estómago.
Y furiosamente perseguimos a vuestros enemigos con
poesías como puñales.

¿Por qué, de pronto, dejáis de visitar nuestros mercados?
¡No tardéis tanto en comer! ¡Se nos enfrían las sobras!
¿Por qué no nos hacéis más encargos? ¿Ni un cuadro?
¿Ni una loa siquiera?
¿Es que os creéis agradables tal como sois?

¡Tened cuidado! ¡No podéis prescindir de nosotros!
Ojalá supiéramos cómo atraer
vuestra mirada hacia nosotros!
Creednos, señores: hoy seríamos más baratos.
Pero no podemos regalarles nuestros cuadros y versos.

Cuando empecé a escribir esto que leéis -¿lo estáis
leyendo?¬
me propuse que todos los versos rimaran.
Pero el trabajo me parecía excesivo, lo confieso a disgusto,
y pensé: ¿Quién me lo pagará? Decidí dejarlo.

(1931)




De todos los objetos

De todos los objetos, los que más amo
son los usados.
Las vasijas de cobre con abolladuras y bordes aplastados,
los cuchillos y tenedores cuyos mangos de madera
han sido cogidos por-muchas manos. Éstas son las formas
que me parecen más nobles. Esas losas en torno a viejas casas,
desgastadas de haber sido pisadas tantas veces,
esas losas entre las que crece la hierba, me parecen
objetos felices.

Impregnados del uso de muchos,
a menudo transformados, han ido perfeccionando sus
formas y se han hecho preciosos
porque han sido apreciados muchas veces.

Me gustan incluso los fragmentos de esculturas
con los brazos cortados. Vivieron
también para mí. Cayeron porque fueron trasladadas;
si las derribaron, fue porque no estaban muy altas.
Las construcciones casi en ruinas
parecen todavía proyectos sin acabar,
grandiosos; sus bellas medidas
pueden ya imaginarse, pero aún necesitan
de nuestra comprensión. Y, además,
ya sirvieron, ya fueron superadas incluso. Todas estas cosas me hacen feliz.

(1932)




A los hombres futuros


1
Verdaderamente, vivo en tiempos sombríos.
Es insensata la palabra ingenua. Una frente lisa
revela insensibilidad. El que ríe
es que no ha oído aún la noticia terrible,
aún no le ha llegado.

¡Qué tiempos estos en que
hablar sobre árboles es casi un crimen
porque supone callar sobre tantas alevosías!
Ese hombre que va tranquilamente por la calle,
¿lo encontrarán sus amigos
cuando lo necesiten?

Es cierto que aún me gano la vida.
Pero, creedme, es pura casualidad. Nada
de lo que hago me da derecho a hartarme.
Por casualidad me he librado. (Si mi suerte acabara, estaría
perdido.)
Me dicen: «¡Come y bebe! ¡Goza de lo que tienes!»
Pero ¿cómo puedo comer y beber
si al hambriento le quito lo que como
y mi vaso de agua le hace falta al sediento?
Y, sin embargo, como y bebo.

Me gustaría ser sabio también.
Los viejos libros explican la sabiduría:
apartarse de las luchas del mundo y transcurrir
sin inquietudes nuestro breve tiempo.
Librarse de la violencia,
dar bien por mal,
no satisfacer los deseos y hasta
olvidarlos: tal es la sabiduría.
Pero yo no puedo hacer nada de esto:
verdaderamente, vivo en tiempos sombríos.

2
Llegué a las ciudades en tiempos del desorden,
cuando el hambre reinaba.
Me mezclé entre los hombres en tiempos de rebeldía
y me rebelé con ellos.
Así pasé el tiempo
que me fue concedido en la tierra.

Mi pan lo comí entre batalla y batalla.
Entre los asesinos dormí.
Hice el amor sin prestarle atención
y contemplé la naturaleza con impaciencia. Así pasé el tiempo
que me fue concedido en la tierra.

En mis tiempos, las calles desembocaban en pantanos.
La palabra me traicionaba al verdugo.
Poco podía yo. Y los poderosos
se sentían más tranquilos sin mí. Lo sabía
Así pasé el tiempo
que me fue concedido en la tierra.

Escasas eran las fuerzas. La meta
estaba muy lejos aún.
Ya se podía ver claramente, aunque para mí
fuera casi inalcanzable.
Así pasé el tiempo
que me fue concedido en la tierra.

3
Vosotros, que surgiréis del marasmo
en el que nosotros nos hemos hundido,
cuando habléis de nuestras debilidades,
pensad también en los tiempos sombríos
de los que os habéis escapado.
Cambiábamos de país como de zapatos
a través de las guerras de clases, y nos desesperábamos
donde sólo había injusticia y nadie se alzaba contra ella.
Y, sin embargo, sabíamos
que también el odio contra la bajeza desfigura la cara.
También la ira contra la injusticia
pone ronca la voz. Desgraciadamente, nosotros,
que queríamos preparar el camino para la amabilidad
no pudimos ser amables.
Pero vosotros, cuando lleguen los tiempos
en que el hombre sea amigo del hombre,
pensad en nosotros
con indulgencia.

(1938)

martes, junio 17, 2008

Las palabras de la vida

Poemas de Salvatore Quasimodo









Y de repente la noche

Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra
traspasado por un rayo de sol:
y de repente la noche.

Ed è Subito Sera. Ognuno sta solo sul cuor della terra / trafitto da un raggio di sole: / ed è subito sera.




Basta un día para equilibrar el mundo

La inteligencia la muerte el sueño
niegan la esperanza. En esta noche
en Brasov, en Los Cárpatos, entre árboles
no míos, busco en el tiempo
una mujer de amor. El bochorno quiebra
las hojas de los álamos y yo
me digo palabras que no conozco,
derramo tierras de memoria.
Un jazz oscuro, canciones italianas
pasan volcadas sobre el color de los iris.
En el crujido de las fuentes
se ha perdido tu voz:
basta un día para equilibrar el mundo.

Basta un giorno a equilibrare il mondo. L’intelligenza la morte il sogno / negano la speranza. In questa notte /a Brasov nei Carpazi, fra alberi / non miei cerco nel tempo / una donna d’amore. L’afa spacca / le foglie dei pioppi ed io / mi dico parole che non conosco, / rovescio terre di memoria. / Un jazz buio, canzoni italiane / passano capovolte sul colore degli iris. / Nello scroscio delle fontane / s’è perduta la tua voce: / basta un giorno a equilibrare il mondo.



Tengo flores y de noche invito a los alamos

Mi sombra está sobre otro muro
de hospital. Tengo flores y de noche
invito a los álamos y a los plátanos del parque,
árboles de hojas caídas, no amarillas,
casi blancas. Las monjas irlandesas
no hablan nunca de muerte, parecen
movidas por el viento, no se maravillan
de ser jóvenes y gentiles: un voto
que se libera en las ásperas plegarias.
Me parece que soy un emigrante
que vela encerrado en sus cobijas,
tranquilo, por tierra. Tal vez muero siempre.
Pero escucho gustosamente las palabras de la vida
que jamás he entendido, me detengo
en largas hipótesis. Ciertamente no podré eludir;
seré fiel a la vida y a la muerte
en cuerpo y espíritu
en cada dirección prevista, visible.
A intervalos algo me supera,
ligero, un tiempo paciente,
la absurda diferencia que corre
entre la muerte y la quimera
del latir del corazón.


(Hospital di Sesto S.Giovanni, noviembre de 1965).

Ho fiori e di notte invito i pioppi. La mia ombra è su un altro muro / d’ospedale. Ho fiori e di notte / invito i pioppi e i platani del parco, / alberi di foglie cadute, non gialle, / quasi bianche. Le monache irlandesi / non parlano mai di morte, sembrano / mosse dal vento, non si meravigliano / di essere giovani e gentili: un voto / che si libera nelle preghiere aspre. / Mi sembra di essere un emigrante / che veglia chiuso nelle sue coperte, / tranquillo, per terra. Forse muoio sempre. / Ma ascolto volentieri le parolle della vita / che non ho mai inteso, mi fermo / su lunghe ipotesi. Certo non potró sfuggire; / sarò fedele a la vita e a la morte / nel corpo e nello spirito / in ogni direzione prevista, visibile. / A intervalli qualcosa mi supera / leggero, un tempo paziente, / l’assurda differenza che corre / tra la morte e l’illusione / del battere del cuore. (Ospedale di sesto S.Giovanni, novembre 1965).

domingo, junio 08, 2008

La vida de los otros




La Praga de 1964 fue testigo de una de las conferencias más importantes del siglo XX. Organizado por la revista Flamen, el “Coloquio sobre la noción de decadencia” tenía entre sus invitados al filósofo Jean-Paul Sartre, al pensador marxista Ernst Fischer y al novelista Milán Kundera, entre otras notables figuras. La temática se reducía a entablar una discusión sobre los límites de la estética realista, instaurada y erigida bajo el régimen stalinista como la dirección obligada de todo arte socialista. Luego de arduas exposiciones, los presentes terminaron en la decisiva afirmación de que los aquellos límites eran tan amplios como la realidad misma, y que lecturas como las de Joyce, Proust y Kafka no debían ser simplemente desechadas por un juicio dogmático, que resultó ser tan dañino para la libertad de expresión en el bloque oriental[1].


Lo que en esa larga mesa se deliberó fue una negación categórica ante las formas de control que el totalitarismo ejercía sobre la creación y el pensamiento, bajo una doctrina –que como bien lo han dejado en claro autores como Erich Fromm y Terry Eagleton[2]- tiene por fundamento la defensa de la libertad del hombre mediante la humanización de su quehacer físico e intelectual. La interpretación stalinista del marxismo tocaba fondo por aquellos años; Hungría en 1956 era sometida bajo el poder ruso, como luego en 1968 sería aplacada la insurgencia checoslovaca. El gesto de aquel 1964 fue un grito que irremediablemente desataría la ira de los administradores de la utopía, gesto que ya antes había sido anatemizado en figuras como Suvarin, Pierre Pascal, León Trotsky y sobre todo con la publicación de “Historia y conciencia de clase” de Gyorgy Lukács, uno de los libros más controvertidos por la sovietización de la III Internacional, pero que fue un salto decisivo hacia la conformación de una ontología marxista, que finalmente terminó con la gran respuesta de “Ser y Tiempo” del filósofo alemán Martin Heidegger, la obra capital del siglo recién pasado.


La película “La vida de los otros” entra en la intimidad de esa represión. Situada históricamente en los últimos años de la dominación socialista en la RDA, el poeta y dramaturgo Georg Dreyman representa el sino de muchos artistas –como aunadores de un sentimiento común y profundamente individual- ante las presiones del poder totalitario. Su acción se cristaliza en las palabras de Albert Camus al recibir el Premio Nobel en 1957:


Cualesquiera sean nuestras debilidades personales, la nobleza de nuestra profesión tendrá siempre sus raíces en dos compromisos difíciles de mantener: negarse a mentir sobre lo que uno sabe y resistirse a la opresión[3].


La negación de la mentira y la resistencia, fueron el eje de las generaciones que cohabitaron a los dos lados de la Cortina de Hierro, el imperativo tanto para quienes estaban bajo el yugo soviético, como también para quienes soportaban la deprecación de la libertad y los valores en la democracia imperialista norteamericana. Hablamos de un periodo del que somos tristes herederos, del cual –heredero también de las prácticas del poder de la dos Guerra Mundiales- demuestra la capacidad de los gobiernos, ya sean democráticos o totalitarios, de modelar una noción de realidad a partir de los Medios de Comunicación, el control de las fuentes de información y el “monopolio de la fuerza física”, al decir de Max Weber. La estabilidad de esas fuerzas yace en lo que la pensadora Hannah Harendt anotó en su obra “Sobre la violencia”, en la que indaga en el uso indiscriminado de esta “ya no como una preparación para la guerra”, sino para justificarse “sobre la base de que más y más disuasión es la mejor garantía de la paz”[4].


Ante eso reclama el arte y el artista, ante el desbanque de su discurso, pues como bien sabe el poder, es él la experiencia más alta de la esencia humana, su defensora y también su más provocadora máscara. Los debacles de Georg Dreyman, Christa-María Sieland y el dramaturgo Albert Jerska, se definen en ese resumen salvaje que hizo Pierre Pascal, el francés que presenció la Revolución de 1917 y el stalinismo en Rusia, en sus diarios:


Los hijos reciben instrucciones de vigilar a los padres. Los sentimientos de generosidad son expulsados por la desdicha de los tiempos: se cuentan en familia los bocados de pan o los gramos de azúcar. La dulzura es considerada vicio. La piedad ha sido aniquilada por la omnipresencia de la muerte. La amistad sólo subsiste como camaradería.[5]


Ante la vigilancia de la Stasi, que maneja todas las formas de vida, un poema de Bertrold Bretch, el poeta más comprometido de la causa marxista, hace que Hauptmann Gerd Weisler, el calvo agente que sigue cada mirada del dramaturgo, detenga su corazón, hasta aquel momento indolente. Las medidas tomadas por esta organización, se centraron preferentemente en la censura de la intelectualidad, que no subsumía sus palabras a la razones de Estado, y reservando para esta, luego de su supresión, el sagrado mandamiento del suicidio como único escape. Los versos de Brecht calan entonces en lo más hondo de un personaje austero e insensible, muestran a través de la figura de las nubes esa verdad insuperable para la raza humana: que todo se desvanece en el tiempo.


“La vida de los otros” es un manifiesto por la libertad, del trabajo agotador del artista “luchando codo a codo con la muerte”, de aquel ser portador del lenguaje en toda su extensión y que no puede ni debe callar ante el abuso y la injusticia. Una película que no hace distinción en su esencia, pues la RDA es todo un siglo XX, con todas sus ideologías totalizantes de la verdad, sea la comunista, la capitalista o la fascista. Es una película para ver hoy, para dejarnos con toda la inquietud de lo que en nuestro mundo ha pasado y sigue pasando, para comprender, en definitiva, las lecturas equívocas a las que el hombre puede llegar en su afán de poder y por los intereses más bajos del egoísmo.


Georg Dreyman es un punto y coma de una carta al nuevo siglo escrita con sangre. Su labor debe llevarlo a exponer su vida hasta las últimas consecuencias, como también lo hará su espía converso, en una tarea que bien comprendió en nuestro país, en 1966, el poeta Enrique Lihn y que me permito citar en toda su extensión para finalizar:


Si se tratara de asumir una misión, yo diría que la poesía actual debiera enfrentar el mundo con un rostro lo suficientemente despejado como para que se reflejaran en él los monstruos que engendra el sueño de la razón, los maniquíes que engendra la duermevela de la inteligencia práctica, futurizando todos los vicios del mundo moderno en imágenes de presumibles catástrofes. Pero no se le puede pedir a nadie que juegue ahora el papel de testigo presencial sin entrar para nada en el baile[6].


Notas:


[1] Passim Varios Autores, Estética y Marxismo, Planeta - De Agostini, Barcelona, 1986.

[2] Vease: Fromm, Erich Marx y su concepto del hombre, FCE, México, 1970 y Eagleton, Terry Marx y la libertad, Grupo Editorial Norma, Santa Fe de Bogota, 1997.

[3] Camus, Albert Al revés y al derecho, Editorial Losada, Buenos Aires, 2004. Pág. 67.

[4] Arendt, Hannah Sobre la violencia, Alianza Editorial, Madrid, 2006. Pág. 10.

[5] Furet, Francois El pasado de una ilusión: ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX, FCE, México, 1995. Pág. 16.

[6] Lihn, Enrique Entrevistas, Editorial J.C. Sáez, Santiago, 2005. Pág. 13.



Bibliografía:

Varios Autores, Estética y Marxismo, Planeta - De Agostini, Barcelona, 1986.
Camus, Albert Al revés y al derecho, Editorial Losada, Buenos Aires, 2004
Arendt, Hannah Sobre la violencia, Alianza Editorial, Madrid, 2006.
Furet, Francois El pasado de una ilusión: ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX, FCE, México, 1995.
Lihn, Enrique Entrevistas, Editorial J.C. Sáez, Santiago, 2005.